

ES HOY. La ciencia y la historia explican cómo estas supersticiones moldean la forma de pensar, aun entre quienes dicen no creer en nada.
Desde tocar madera hasta el martes 13, las supersticiones siguen vivas en la vida cotidiana de millones de personas. Incluso quienes se definen como racionales dudan un segundo antes de desafiar un mal presagio. Lejos de tratarse solo de ideas pintorescas o restos del pasado, estas creencias revelan capas profundas del funcionamiento humano.
En ellas se cruzan la historia, la psicología, la cultura y la manera en que el cerebro construye sentido frente a lo incierto. Las supersticiones funcionan como una tecnología emocional: no explican el mundo, pero ayudan a habitarlo.
Detrás de cada gesto aparentemente absurdo existe una trama de símbolos, miedos y aprendizajes colectivos. Entender por qué existen estas prácticas abre una puerta para estudiar sesgos cognitivos, transmisión cultural y la necesidad de control que define a la especie.
El número que nunca cae bien
En el mundo anglosajón el día de alerta es el viernes 13. En España y gran parte de América latina, en cambio, el protagonista es el martes 13. Ese día aparece asociado a accidentes, discusiones y malas decisiones.
La raíz simbólica remite a Marte, dios romano de la guerra, y a Ares en la mitología griega, ambos vinculados al conflicto y la violencia. El martes hereda ese tono belicoso y lo combina con un número que desde hace siglos genera desconfianza.
El 13 rompe la armonía del 12, un número que las culturas occidentales suelen percibir como completo: doce meses, doce signos del zodíaco, doce apóstoles. En la Última Cena, el invitado número trece resulta Judas, figura ligada a la traición. Esa acumulación de relatos y asociaciones termina por construir una sensación de peligro que se transmite de generación en generación. El cerebro humano detecta patrones incluso donde no existen, y ese hábito convierte a un número en un símbolo cargado de emoción.
Lejos de ser un simple capricho, esta superstición muestra cómo la mente usa la memoria cultural para anticipar riesgos, incluso cuando esos riesgos carecen de base objetiva.
Espejos, almas y la idea de daño invisible
Romper un espejo todavía produce incomodidad. La tradición sostiene que eso trae siete años de mala suerte. La idea proviene de la antigua Roma, donde los espejos no solo reflejaban la imagen sino también el interior espiritual de la persona. Dañar el reflejo equivalía a dañar el alma.
El siete, para esa cultura, simbolizaba ciclos de renovación. Se creía que el cuerpo y el espíritu se regeneraban cada siete años, de modo que el daño causado por el espejo roto tardaba ese período en corregirse. Esta mezcla de biología imaginada y espiritualidad ofrece un ejemplo claro de animismo: la atribución de vida y esencia a objetos inanimados.
Hoy ya no se piensa que un espejo guarde el alma, pero la reacción emocional persiste. Las supersticiones conservan su poder porque activan miedo, no porque sean lógicas. Funcionan como recordatorios de vulnerabilidad, incluso en una época dominada por la ciencia.
Escaleras, triángulos y espacios prohibidos
Evitar pasar por debajo de una escalera abierta parece una regla de seguridad básica: algo puede caer. Pero la superstición suma una capa simbólica. Una escalera apoyada contra una pared forma un triángulo, figura que en el cristianismo representa a la Santísima Trinidad. Atravesarlo implica, dentro de esa lógica, violar un espacio sagrado.
En el antiguo Egipto, el triángulo también ocupaba un lugar central por su relación con las pirámides y la conexión entre el mundo humano y lo divino. Geometría, religión y sentido práctico se combinan para crear una norma que mezcla prudencia real con temor metafísico. La superstición actúa como una regla de comportamiento envuelta en relato.
Este cruce explica por qué muchas creencias perduran incluso cuando su justificación original se pierde.
Gatos negros y la violencia del miedo
La mala fama de los gatos negros nace en la Europa medieval. Durante la caza de brujas, se los vinculó con mujeres acusadas de hechicería. Se creía que estas personas podían transformarse en animales oscuros y moverse sin ser vistas. Esa asociación provocó una matanza de gatos que, de manera indirecta, facilitó la proliferación de ratas y la expansión de la peste bubónica.
La superstición, en este caso, no solo generó miedo simbólico sino consecuencias materiales. Siglos después, algo similar ocurrió cuando durante la pandemia de COVID-19 circularon rumores que culpaban a los gatos de transmitir el virus, lo que llevó a abandonos masivos de mascotas. El miedo mal dirigido produce daño real, incluso cuando parte de una creencia falsa.
Tocar madera y la búsqueda de protección
Decir toco madera y golpear una superficie, o incluso la propia cabeza, busca sellar un deseo. En las culturas paganas europeas se pensaba que los árboles albergaban espíritus protectores. Tocarlos era una forma de pedir ayuda o agradecer. Con la expansión del cristianismo, esa idea se fusionó con la cruz, también de madera.
El gesto sobrevivió porque cumple una función psicológica: reduce ansiedad. La superstición opera como un ritual de control frente a lo incierto. No cambia la realidad, pero sí la percepción de quien espera que algo salga bien.
Las supersticiones no explican el mundo, pero muestran cómo el cerebro lo enfrenta. Permiten estudiar sesgos, emociones y memoria cultural. En lugar de despreciarlas, comprenderlas ofrece una vía para fortalecer el pensamiento crítico y reconocer por qué ciertos relatos resultan tan difíciles de abandonar. Creer o no creer deja de ser el punto central; lo importante es entender por qué necesitamos creer.